Si bien comencé a trasvestirme a muy temprana edad, mis dieciocho años recién cumplidos me encontraron, por un lado con una apariencia física muchísimo menor a mi edad cronológica, es decir que representaba muchos menos años de los que en realidad tenía y por el otro, mis tres hermanas mayores, ya casadas y conviviendo obviamente con sus respectivos esposos, me habían dejado en casa no solo sus habitaciones, sino un sin número de vestuario, accesorios, maquillaje, etc., que yo disfrutaba a mis anchas.
A aquellos dieciocho años, yo estaba trabajando en una tienda, alternando tareas administrativas con ventas en mostrador y fue precisamente allí y en ese contexto, donde conocí a un hombre de aproximadamente cuarenta años de edad, muy bien parecido, con excelente presencia y muy bien “empilchado”, que había concurrido al comercio precisamente a comprarse algunas prendas que, según dijo, las vio en vidriera y le gustaron mucho.
El hombre en cuestión era, además de muy buen mozo, muy amable y con excelente trato y todo ello tenía que ver con su profesión, ya que era “viajante”, representante de una firma comercial muy importante a nivel internacional y si bien tenía su residencia en Buenos Aires, su función precisamente “de viajante”, tenía que ver con recorrer las ciudades de la Patagonia Austral y teniendo como base para llevar a cabo sus actividades, esta ciudad de Comodoro Rivadavia.
Ustedes, mis estimados lectores, se preguntarán ¿Qué tiene que ver todo esto con el primer párrafo del relato? Mucho, ya que esa misma tarde y después de haberlo atendido en la tienda, nos juntamos el “viajante” y yo una vez finalizada mi jornada laboral, en una confitería para tomar un café y charlar y tan pero tan amena resultó la conversación que Alejandro, tal su nombre, me invitó al departamento que la empresa le alquilaba cada vez que llegaba a esta ciudad.
Yo accedí inmediatamente y nos dirigimos en su vehículo, también rentado, hacia el departamento en cuestión; un lugar muy acogedor, acondicionado tanto para el descanso y relax como para atender sus asuntos comerciales, ya sea con sus habituales “clientes” o con los potenciales nuevos y después de pedir algo para cenar en un “delivery”, nos sentamos en el sillón para continuar con la amena conversación, que habíamos empezado en la confitería.
Obviamente Alejandro, a esa altura de los acontecimiento, ya había deducido todo acerca de mi condición sexual, por lo que no había mucho más para agregar a todo ese contexto, así que, luego de la cena y de tomarnos un par de cervezas, nos fuimos derechito al dormitorio y por supuesto, terminamos haciendo el amor hasta altas horas de la madrugada, pero aunque ello si bien fue a todas luces espectacular y alucinante, no tuvo todo el condimento de lo que vendría con posterioridad.
El “viajante”, al ver mi cuerpo desnudo y de asombrarse muy gratamente de mi figura física, tan sorprendentemente femenina y de manera total y absolutamente natural, es decir, con la sola intervención de la “madre naturaleza”, me preguntó si solía trasvestirme o si alguna vez lo había hecho, pregunta a la que respondí en forma afirmativa, haciéndole además, un exhaustivo y pormenorizado relato del contexto en el cual yo había comenzado a trasvestirme y haciendo hincapié además, en que lo seguía haciendo en la actualidad.
Tal y como no podía ser de otra manera, Alejandro me pidió que me trasvistiese para él, algo a lo que yo accedí de muy buen grado, pero como era mi intención hacerlo en forma completa, es decir no solo con vestuario, sino con maquillaje, calzado, accesorios, etc., le dije que lo organizásemos para el día siguiente, fijando ya inclusive el horario en cual yo vendría directamente al departamento.
A la tarde siguiente, me llevé un bolso al trabajo con todo el vestuario que tenía en casa y que obviamente había pertenecido a mis hermanas (por supuesto lo guardé en mi guardarropas personal, cerrado con llave y candado) y ni bien terminé mi jornada laboral, fui raudamente hacia el departamento de Alejando (en aquel entonces aún no había comunicación vía internet ni mucho menos vía telefonía celular); toqué timbre y el “viajante” me abrió la puerta con una amplia, sensual, cómplice y picaresca sonrisa.
-“¡Si no lo estaría viendo con mis propios ojos, te juro que no lo creería!”
Exclamó Alejandro al verme ya trasvestido y agregó:
-“¡Sos una mina! ¿Qué digo mina? ¡Un minón! ¡Una pendeja!”
Y finalizó diciendo, entre otros conceptos irreproducibles:
-“¡Qué cosita hermosa! ¡Qué divina! ¡Qué preciosa!”
Yo no cabía en mí después de tantos halagos y elogios, los que si bien había comenzado a recibir desde muy chiquito (modestia aparte), siempre contribuían a alimentar mi ego.
Obviamente Alejandro no se iba a contentar solamente con mirar, así que después de haber reaccionado tras su primera impresión acerca de mi figura física, comenzó a observar con mayor detenimiento, por ejemplo, mis piernas, mis muslos, mi cintura, mis caderas y por supuesto mi exuberante, espectacular, maravillosa y sublime cola, para seguidamente empezar lisa y llanamente a toquetearme y a manosearme por doquier.
Nuestra temperatura corporal era tal, que esa tarde no llegamos ni siguiera al dormitorio, ya que “el viajante” me cogió, sin quitarme la ropa femenina, corriéndome solamente la tirita de mi tanga para descubrir mi sabroso, delicioso y rosado orificio anal; recostado sobre el respaldo del sillón, recibí un sin número de “pijazos” espectaculares, unas cogidas alucinantes, las que finalizados con una abundante acabada dentro de mi aún hambrienta e insatisfecha cola.
A partir de aquel día ya no hubo vuelta atrás, ya que entre Alejandro y yo, comenzó una relación que iba muchísimo más allá del sexo solamente y los largos períodos de ausencia, debido a la lógica de su trabajo como “viajante”, alimentaban aún mucho más las ganas, el deseo, la fantasía, el placer, el gozo y la satisfacción de cada uno de los futuros encuentros, encuentros que se fueron dando cada vez con mayor asiduidad, merced a que Alejandro, organizaba y planificaba tus asuntos laborales, con el propósito de pasar la mayor cantidad de tiempo posible en esta ciudad.
En uno de esos viajes, Alejandro permaneció aquí, en Comodoro Rivadavia, por el término de una semana completa, incluyendo obviamente sábado y domingo y yo prácticamente conviví con él durante todo ese lapso. En casa, aducía cualquier cosa que se me ocurriese en el momento y con respecto al fin de semana, que saldría a bailar con amigos y que, para no volver a altas horas de la madrugada, me quedaría en casa de alguno de ellos, aunque en realidad lo que hice, fue instalarme en el departamento para atender a “mi viajante” como él se lo merecía.
Alejandro me trajo de Buenos Aires toda una gama de prendas femeninas encantadoras y alucinantes, pero sobre todo lencería; bombachas, medias, porta ligas, calzas, etc.; además, una pollerita tipo escocesa que me quedaba “pintada” y una hermosa solera, obviamente con la condición que usase yo todo ese vestuario, mientras durase su estadía en la ciudad.
Yo me sentía la mujer más feliz del mundo; todo el día vestida como tal y atendiendo a mi hombre no solo sexualmente, sino en todo orden de la vida diaria; le preparaba el desayuno, me encargaba del almuerzo y la cena e inclusive le lavé y planché su ropa, si bien ello él solía hacerlo en un “lavadero”, ya que la empresa se hacía cargo de esos gastos.
A la hora de cogerme, Alejandro me hacía absolutamente de todo y yo contribuía, por ejemplo, con unas mamadas de pija que lo dejaban literalmente desvanecido; ello debido a que, gracias a Casandra, el travesti que entre otras cosas, a punto estuvo de introducirme en el mundo de la prostitución, aprendí a chupar la pija como nadie y a mis dieciocho años, era todo un experto en la materia.
Nuestras relaciones sexuales eran de tal ímpetu, tan fogosas y tan placenteras, que no podíamos parar de coger, coger y coger, ya que Alejandro disfrutaba de tal manera de todo mi cuerpo “simil quinceañera adolescente” (así me veía yo a pesar de mis ya dieciocho años), pero especial y particularmente de mi asombroso, espectacular y exuberante culo, que el menor de los roces ya era motivo suficiente para “otra revolcada”.
Durante los breves lapsos en los que no estábamos cogiendo, sobre todo en la cama, durante las noches o las madrugadas, conversábamos acerca de lo que me gustase a mí “tener lolas” (algo que por aquellos años no era tan común y normal como lo es hoy en día) y ello hacía que yo volase con la mente y me imaginase a mí mismo, con un hermoso y voluptuoso par de tetas, para exhibirlas y para usar todos esos corpiños grandes y sensuales, además de los escotes insinuantes y provocativos.
En una de esas conversaciones y teniendo en cuenta sobre todo que ya casi no podíamos estar mucho tiempo separados, pero sobre todo sin coger de la manera en que lo hacíamos, Alejandro, me propuso que me fuese a vivir a Buenos Aires, que él me pagaría no solo el alquiler del departamento, sino además, que me pagaría la operación para “hacerme las lolas”; algo que a mí me quitaba el sueño, me daba vueltas en la cabeza y me desvelaba noches enteras.
Si bien todo aquello parecía “un cuento de hadas”, Alejandro era casado y tenía dos hijos y ello también hacía que yo pensase, pensase y volviese a pensar; ya que estando yo allí, en Buenos Aires, podría coger con él cualquier día y a cualquier hora, pero también estaba de por medio el hecho concreto de que allí, él debería también “atender” a su familia; además, la posibilidad de sentirme causante de una ruptura matrimonial y familiar, a mis cortos dieciocho años, una edad en la cual uno es mucho más “platónico”, me producía incomodidad y malestar.
Después de varias “idas y venidas”, tomé la decisión de no aceptar la propuesta de Alejandro y créanme que ello me costó muchísimo, aunque hoy en día, el paso del tiempo, me hizo ver que tomé entonces la determinación correcta; pero ello no hizo variar en nada mi relación con aquel viajante ni mucho menos, ya que después de esos breves instantes de meditación, enseguida volvimos al tema del sexo y, como no podía ser de otra manera, cogimos una y otra vez.
Durante algo más de un año, mantuvimos aquel “viajante” y yo, una relación maravillosa, ya que nunca me había sentido yo “tan mujer” como en ese entonces, siendo la primera vez además, que un hombre me obsequiara tanta cantidad de indumentaria femenina y de la más variada índole, vestuario que atesoré inclusive durante varios años y que, cada vez que me vestía con una de esas prendas, me acordaba de Alejandro, el viajante que me hizo su mujer y su amante y quien a punto estuvo además, de regalarme “las lolas”.
Soy Walter Hache y mi correo es: [email protected]

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