Pleito ganado.

Tras cinco años estudiando derecho y alguno más tratando de ejercer en diversas empresas en las que hacía desde servir cafés hasta presentar alegaciones pasando por horas frente a la fotocopiadora, me veía a los 50 años ejerciendo como segundón en un bufete de tercera o acudiendo en nombre de algún gestor a reuniones de vecinos para levantar acta de las mismas.

Llegó un momento en el que estaba claramente insatisfecho con el ritmo que iba tomando mi vida. Ya se sabe que en ciertas profesiones, quien no tiene padrino no se bautiza, como se suele decir. Y este era mi caso. Necesitaba, pues, dar un cambio de timón en mi vida.

Dos meses después de tomar la decisión de lanzarme por mi cuenta, tenía un piso alquilado a modo de despacho en un buen barrio, aunque no muy caro, y había lanzado una campaña de buzoneo anunciando mi propio bufete especializado en derecho civil y de familia, o sea, divorcios, herencias y demás.

Tardé tiempo en tener los primeros clientes por lo que además de estos servicios me ofrecí a comunidades de vecinos para administarlas.

En los aproximadamente dos años que llevaba con mi despacho la verdad es que la clientela no abundaba, y por tanto mis honorarios tampoco me daban para lujos, aunque sí para llevar una vida mas o menos normal.

A nivel sentimental… un desastre. Despues de los tres años de noviazgo con una chica con la que comencé a salir el último año de la carrera, quitando algún rollo esporádico, poco más tenía que llevarme a la cama. ültimamente, además, la mayoría de los amigos estaban casados o viviendo en pareja y para salir sólo estábamos los dos solteros de la cuadrilla, Nacho y yo. Y aunque yo me conservo bien gracias a varios deportes que practico, Nacho no es precisamente un portento de la naturaleza y más bien ahuyenta a las chicas.

Una tarde, sobre las cinco, estaba en mi despacho ojeando unos datos de un pleito cuyo juicio se iba a celebrar unos días después cuando llamaron a la puerta.

Me acerqué a abrir y en la puerta pude ver una chica con buen aspecto. De unos 30 años y aproximadamente 1:75 de estaura, vestía con un pantalón negro, una camiseta con un poco de escote también negra y sobre ella, llevaba una americana abrochada y ajustada de color rojo, lo que permitía ver su silueta y a juego con los zapatos y el bolso que llevaba. Su pelo largo y negro quedaba enmarcado por unas enormes gafas de sol que llevaba a modo de diadema.

Se presentó preguntándome si era el bufete que estaba anunciado en una placa en la puerta del edificio y tras responderla afirmativamente la hice pasar a mi despacho, que estaba situado tras la recepción, en la cual hay una mesa de escritorio con un ordenador. No es que tenga secretaria o recepcionista, ya que no me lo puedo permitir, pero el tener un escritorio ahí da a entender que hay recepcionista, lo cual da algo más de empaque al bufete.

Pasamos a mi despacho y le indiqué que se sentara en la silla frente a mi escritorio. Cuando me estaba sentando en mi sillón vi como se despojaba de la chaqueta y me quedé un poco embobado viendo como su pecho, de un tamaño casi perfecto, se marcaba tras su camiseta.

– Pues usted dirá, señorita, qué le trae por aquí -dije amablemente.

Me explicó que se trataba de un caso de discriminación con una herencia. Tras la muerte de su padre, con el cual no tenía relación hacía unos años, sus dos hermanos se habían negado a darla la parte que le corresponde de la herencia, incluso cuando la mayor parte de la misma provenía de su madre, muerta años atrás, con la que tenía una buenísima relación hasta el momento de su muerte.

Después de esto, la relación con su padre se estropeó hasta quedar rota por completo y el padre había muerto sin testamento, según me contó, por lo que, por ley, le correspondía una parte, al menos un tercio de la legítima ya que no estaba expresamente desheredada.

Ahora, ella malvivía con un trabajo que le proporcionaba muy pocos ingresos. No me contó de que se trataba, pero sí que me dijo que el dinero de la herencia le hacía mucha falta, máxime cuando su familia, sobre todo por su madre, habían acumulado un buen número de propiedades y bastante capital.

De hecho me dijo que inicialmente me podría pagar muy poco dinero antes de la resolución del caso, pero una vez heredase podría recibir un tanto por ciento en compensación.

Mientras me contaba algunos detalles de cómo sus hermanos se habían negado a que ella tuviera su parte, viendo que el caso parecía a priori muy sencillo, me dedique a contemplar sus facciones. Tenía unos ojos almendrados de color miel, una fina nariz y unos labios que, sin ser gruesos, eran muy tentadores. Su tez era mas bien morena. El conjunto era armonioso y resultaba guapa.

– Entonces -me preguntó de pronto, sobresaltándome yo un poco ya que estaba más pendiente de sus facciones-, cree usted que se puede hacer algo?

– Bueno -contesté muy serenamente-, a priori parece que le corresponde parte de la herencia. Habría que ver toda la documentación para profundizar más, pero no parece demasiado complicado.

Inmediatamente del bolso que colgaba de su antebrazo sacó unos papeles y me los extendió para que los revisara. Los cogí y estuve hojeando. En uno de ellos vi algo que no me cuadraba.

– Perdone. Señora …? -hice una pausa para que me dijera su nombre.

– Mónica -me respondió-.

– Pues señora Mónica, aquí hay algo que me llama la atención. Me habla de usted misma o se trata de su pareja? Aqui veo los nombres de los hijos y son Marcos, Mateo y Damián. Supongo que uno de ellos es su pareja, verdad?

– No -dijo sonrojándose-. Yo soy, bueno, era Damián.

– Perdoneeee??? – dije completamente extrañado.

– Si. Hace pocos años cambié mi sexo -dijo con voz muy baja como para que nadie la oyera.

No es que fuera homófobo, ya que había conocido a algún gay y no lo había discriminado por ello, pero los travestis sí que me causaban cierta repulsión. Ella me lo debió notar en la cara y me preguntó si, a sabiendas de su condición, querría representarla.

La verdad es que el caso era fácil y el dinero a cobrar, que no parecía poco en comparación a lo que estaba acostumbrado, me vendría muy bien para equilibrar mis menguadas cuentas, así que hice de tripas corazón (en serio, me costó) y acepté llevar su caso. Ella esbozó una mueca como de sonrisa pero la deshizo al ver lo serio de mi rostro.

Muy asépticamente la pedí algunos papeles más y documentación suya para fotocopiarla y poder iniciar los trámites.

Me estuvo contando alguna cosa más y los motivos que llevaron a toda esta situación. Vi que en su documentación ya figuraba su nuevo nombre y una foto con su aspecto actual. No obstante, me dió un antiguo carnet donde figuraba su nombre de hombre aunque la foto tenía marcados rasgos femeninos.

Tras todo esto, me dió un teléfono de contacto para llamarle cuando supiera algo y se despidió de mi extendiendome su mano, la cual cogí pero de forma muy lánguida, como queriendo evitar el contacto.

Realmente me incomodaba la situación pero necesitaba llevar el caso, que era un ejemplo de libro de discriminación sexual, ya que su cambio de sexo fué el motivo por el cual el padre dejó de hablarle. De hecho, antes de ese cambio de sexo, Damián, que así se llamaba era quién, por sus estudios de Económicas, llevaba los negocios de la familia y era en parte el artífice de esos beneficios y a raiz de esto se vió fuera de casa sin nada y, según me contó casi entre lágrimas, tuvo que recurrir a préstamos para poder comer.

Me aflojé el nudo de la corbata y me recliné en el sillón a pensar sobre el caso y tratando de olvidar ciertos datos del (o de la) cliente. Me propuse a mí mismo tratarla como una mujer, independientemente de lo que yo pensara. Un cliente es un cliente, y los colegas de penal tienen que defender a asesinos a veces.

Pasada una semana me ví obligado a llamar a la clienta para aclarar un par de asuntos y ver cuando podríamos pasar por el juzgado.

– Señora Monica?

– Si, dígame, quién es? -dijo al otro lado del teléfono.

– Soy Alberto Moreno, el abogado que visitó hace unos días. Me recuerda?

– Ah! Sí! señor Moreno -dijo alegre, cosa que casi me molestó-, claro que le recuerdo. Tiene alguna noticia?

– Bueno, mas bien se trata de unas preguntas -dije sécamente- y concertar una fecha para acudir al juzgado.

Me respondió a las preguntas diciéndome que me llevaría más documentos e incluso cartas de su madre donde quedaba muy clara la voluntad de ésta de que su hijo (aún era su hijo) se quedase ciertas propiedades heredadas de su familia.

Como tenía que estudiar esos documentos, por si me fueran de utilidad, le dije que esperaríamos a fijar fecha para ir al juzgado. Me dijo que no había problema por su parte con las fechas ya que estaba sin trabajo y disponía de todo el día.

Al día siguiente, por la tarde, recibí una llamada suya al móvil preguntándome si podía ir a dejarme las cartas de las que habíamos hablado. Media hora mas tarde estaba llamando a la puerta de mi despacho.

Venía con un sobrio vestido azul marino cuya falda le quedaba justo por encima de las rodillas. Sobre el, una cazadora blanca, a juego con unos zapatos de tacón de no menos de 10 centímetros. Realmente para nada parecía un hombre y mas bien una atractiva mujer, ayudada, si cabe, por un perfume muy elegante.

La hice pasar a mi despacho y sentarse. Su falda se subió ligeramente dejándo a la vista dos piernas perfectamente torneadas, a las que sin querer, miré no sin cierto deseo.

– Joder, que es un tío -decía para mis adentros.

Estuve mirando las cartas y en efecto, el cariño que su madre tenía por él, cuando era un chico, era más que evidente y dejaba muy clara su voluntad de que ciertas propiedades fueran suyas en un futuro. Mónica me señaló un parrafo, para lo cual tuvo que inclinarse sobre la mesa y pude percibir el canal que formaban sus pechos. Mientras leía el párrafo en cuestión, yo me recriminaba a mi mismo por mirar a esa mujer, u hombre o lo que fuera.

Lo cierto es que en ese parrafo se podría apreciar una doble lectura ya que también hablaba de joyas de su madre (la abuela de mi clienta) y decía que serían para la que fuera su hija. Se podría entender que se refería a una nuera en caso de que Damián se casara, pero, igualmente, se podría entender que la madre sabía de las inclinaciones de su hijo y que éste un día sería ésta.

Mónica me confirmó que su madre, antes de morir, fué la que la animó a que se realizase como mujer si asi se sentía, pero no tenía documento o escrito que lo acreditase.

El caso pasaba a estar bastante claro, a menos a mi entender. Y con ello obtener el porcentaje de la parte que obtuviera mi clienta, que si era de un tercio de la herencia supondría para mi más dinero que el resto de casos del año juntos.

Evidentemente, era una clienta que valía la pena y hacía que la mirase con otros ojos y para mí mismo pensara que al fin y al cabo, Mónica no era un travesti sino una mujer. Posiblemente estaría operada y eso suavizaba mucho las cosas. Intocable, eso si, seguía pensando.

Tras charlar unos minutos mas y quedar para ir al juzgado dos días mas tarde, nos despedimos con un apretón de manos más efusivo que el primer día.

Cuando iba a salir me surgió una duda.

– Mónica! Un segundo, por favor, le puedo hacer una pregunta?

– Si. claro -dijo girándose hacia mi.

– Según me dijo, está bastante mal de dinero, pero cuando me ha visitado las ropas que lleva no parecen baratas. El juez se podría preguntar esto mismo.

– Ah, jajaja -dijo con una sonrisa que por un ligerísimo instante me pareció preciosa-, antes de transformarme en lo que soy, tenía mucho dinero, como usted sabe. Todo mi vestuario, aunque comprado a escondidas, es de esa época. Hoy me costaría comprarme el cinturón que llevo.

– Satisfecho con la respuesta? -dijo con una cara que no supe interpretar.

– Si, si, por supuesto. Con eso me vale. Buenas tardes.

Tras salir, sin moverme de donde estaba me puse a pensar. ¿Que me estaba pasando? Sí, era una buena clienta, pero era un tío. ¿Como me podía haber parecido bonita una sonrisa de un tío?

Decidí llamar a Nacho, mi amigo, y salir a tomar unas cervezas para volver a situarme en mi mundo.

Como una hora mas tarde pasó a recogerme y nos fuimos a una zona con varias cervecerías. Tras unas cuantas cervezas entramos en un pub y al fondo, tras la barra, estaba Mónica. Su aspecto no se parecía en nada al que llevaba cuando acudía a mi bufete. Tenía un escote que dejaba poco a la imaginación, pero caí en que iba con Nacho. Y ella podría verme allí. Para evitar preguntas, le dije que no me gustaba el ambiente y tras aguantar sus quejas por irnos de ese local con esa camarera que estaba tan buena nos fuimos para casa. Si Nacho supiera!!!

En la soledad de mi casa me hice una paja pensando en las tetas de Mónica. Estaba buena, de eso no había duda. Pero después vinieron los remordimientos: me había hecho una paja pensando en una clienta, que a lo peor tenía entre las piernas un polla.

El día indicado, estaba en la puerta de los juzgados mirando algunos mensajes en el móvil cuando me dieron un toquecito en el hombro por la espalda. Me giré inmediatamente.

– Hola! Ya estoy aqui, perdona por el retraso -dijo Mónica con una amplia sonrisa.

– No te preocupes. Acabo de llegar y además no es la hora aún -dije abriendo un poco los ojos sorprendido por el aspecto de Mónica.

Vestía con un traje de sastre que parecía hecho a medida. Se la ajustaba como un guante. El gris marengo de falda y chaqueta contrastaba con una blusa rosa pálido. Su bolso negro hacía juego con unos zapatos de salón con un tacón no demasiado alto, calculo que unos 8 centímetros.

Iba elegante, sin duda. De hecho en muchas ocasiones se sabe, por el vestir, quien es el abogado y quien el cliente. En este caso, la verdad, costaría distinguirlo.

Entramos en los juzgados y pude apreciar como las miradas de varios hombres se posaban en ella.

Como una hora estuvimos dentro hacíendo una serie de tramites para abrir un juicio para reclamar sus derechos.

Al salir la dije que la invitaba a un café para comentar algunos detalles y ella accedió gustosamente. Estuvimos hablando de todo un poco hasta que mis obligaciones me impedían seguir allí. Nos despedimos, esta vez con un par de besos y cada cual fue a su sitio.

Ya en mi despacho me vi en la obligación de reprenderme a mi mismo por haber pasado un rato muy agradable con un tío que se viste de mujer. Pero el reproche era mas por creerme en la obligación de hacerlo, ya que Mónica a estas alturas, para mí, era una mujer. No me acostaría con ella, claro, pero era una mujer, y bonita y elegante, eso había que reconocerlo. Seguro -pensé para tranquilizarme- que estaba operada.

Pasaron casi dos semanas sin noticias. Me llegó la notificación del juzgado y la llamé para ponerla al corriente. Una hora más tarde estaba en mi despacho para hablar del tema. Como yo tampoco tenía mucho que hacer, me distendí y hasta la hora de comer estuvimos charlando.

Como estaba a gusto con ella la dije que la invitaba al restaurante al que solía ir. Su vestimenta era mas informal que el resto de los días (unos vaqueros, una blusa beige, una cazadora negra y sus sempiternas gafas de sol) así que no desentonaría con el ambiente distendido de gente que iba a comer ahí a diario.

Antes de subir a mi despacho se despidió ya que se tenía que ir. Yo me quedé un poco contrariado ya que no tenía apenas trabajo para por la tarde. Sí, no es una mujer 100%, pero es de un trato muy agradable y es a veces bastante divertida. de hecho, varias veces en la tarde mi mente recordó el buen rato de la comida.

Con la excusa de preparar el juicio correctamente, varios días la llamé para que se pasara por mi bufete y tras hablar mínimamente de los preparativos del juicio la conversación se alargaba otras dos horas más.

Cuando se iba siempre me preguntaba qué me estaba pasando. Realmente me costaba ya ver en Mónica a un tío. Era una mujer, y muy agradable.

Pasó el tiempo -la justicia, tan lenta como de costumbre- y por fin llegó el día del juicio. Mónica acudió en el mismo traje que la primera vez que fuimos al juzgado. Un traje sastre gris marengo cuya falda de tubo con una cintura bastante alta que se la entallaba y la marcaba un culo precioso. La chaqueta, ajustada, dejaba ver sus curvas. Llevaba esta vez una camisa azul celeste con cuello blanco. Aparte de un bolso negro muy elegante y unos tacones altos a juego, llevaba un collar de perlas que, me dijo por lo bajo, era de su madre. Iba realmente elegante y atractiva.

Al entrar en la sala pude ver a sus hermanos. Habían acudido junto a algunos miembros más de su familia, supongo que para intimidarla. Pero no lo consiguieron, ya que el rostro de Mónica estaba sereno y se la notaba tranquila. Por otra parte, su hermano Marcos no podía negar que lo era. Los rasgos eran clavados. De hecho, tras ver a Mónica más como mujer que como hombre, el rostro de Marcos, su hermano, me pareció claramente delicado y femenino.

Comenzó el juicio que se demoró cerca de una hora. Las miradas de odio de sus hermanos eran evidentes y, pensé, más que por su transformación era porque reclamaba parte de la cuantiosa herencia que su padre y madre les habían legado. Las caras de algunos de sus familiares eran más indulgentes con ella y aprecié que una tía suya, hermana de su madre, hizo un ligero intento de acercarse a saludarla pero se contuvo.

Su familia salió de la sala con caras de pocos amigos. No obstante, las pruebas que habían presentado eran a todas luces insuficientes para negarle su parte de la herencia. Ella y yo nos demoramos un poco para evitar confrontaciones.

A los diez minutos salimos y su tía, que se había separado del grupo se acercó a ella y se fundieron en un abrazo. Tuvimos además la inmensa suerte de que el juez que había llevado nuestro caso pasó casualmente por allí y pudo ver que no toda su familia la rechazaba ni que fuera ella la que había roto con todos, como quisieron dar a entender.

Mi cara, en ese momento, era de plena satisfacción. Incluso me acordé del porcentaje que cobraría si, como presentía, ganábamos el juicio.

Cuando se marchó su tía la dije a Mónica de ir a comer para celebrar que todo había ido de maravilla y que quizás, no muy tarde, la diera buenas noticias. Se empeño en invitarme ella, ya que hasta ahora yo no había visto un duro y me estaba muy agradecida.

Fuimos a un restaurante que conocía, de otros tiempos, que estaba no muy lejos de los juzgados. El sitio era elegante, con clase, en una palabra, caro. Viéndolo la dije que no era necesario, que podríamos comer en cualquier otro sitio.

– A ver, Mónica, no es necesario que te gastes este dinero.

– Llevo un tiempo que trabajo algunos días y me apetece invitarte. Te has portado muy bien conmigo y qué menos que esto.

– Ya. Trabajas en un pub, verdad?

– Si, ¿Cómo lo sabes?

– Casualmente pasé por alli hace un tiempo y te vi.

– Y por que no me saludaste? Te hubiera invitado. De todos modos me llaman sólo algunos días sueltos.

– Bueno, iba con un amigo y se le hacía tarde y quería irse -mentí como un bellaco.

– Otro día que trabaje allí te llamo y vienes. Te invitaré a lo que quieras -dijo animada.

– Calla, calla, que ver a una clienta así, con ese escote… me desconcentraría después -dije casi sin pensar en lo que decía, cayendo en que, indirectamente, había dicho que físicamente me atraía.

– Si es por eso, me pondré mas recatadita. O prefieres que vaya a tu despacho así? -dijo con una sonrisa que inequívocamente daba a entender que había captado lo que pensaba.

Tras el tenso silencio, nos adentramos en el local y nos sentamos en una mesa. Yo traté de pedir los platos con precios mas bajos, ya que ninguno bajaba de 30 euros, más que nada por no abultar demasiado la cuenta. Bueno, si pagara yo varias cosas no las habría pedido.

La comida resultó muy agradable. La miradas de Mónica hacia mí estoy seguro de que querían decir algo, si bien yo no lo captaba. Quizás las mías también quisieran decir algo ya que en un momento de los postres, en medio de la conversación, durante un rato ella me cogió la mano y, contrariamente a lo que hubiera hecho sólo dos meses atrás, no la moví. Era agradable notar su tacto cálido y no sentía ningún reparo.

Terminamos de comer y salimos del restaurante dando un paseo hasta mi bufete ya que, aunque no está cerca, si que se puede llegar caminando.

En el paseo hubo un par de roces de nuestras manos tras los cuales la conversación parecía congelarse durante unos segundos.

Llegados a la puerta del edificio de de mi bufete, se despidió de mí con un par de besos en la mejilla, si bien las comisuras de los labios de ambos quedaron muy cerca.

– Bueno -dijo Mónica-, ahora a esparar noticias, verdad?

– Si, claro -dije pesaroso a sabiendas de que durante más de una semana no la vería- pero eso puede tardar semanas.

– Pero, poco más podemos hacer mientras, no? -dijo con una mirada que invitaba al beso.

– A lo mejor… si te apetece… -quedé un instante callado-. Si te apetece podemos quedar a cenar.

– No sabes cuanto me apetecería! -dijo con cara de auténtica pena- pero justo he quedado con mi tía que iría esta noche a verla a su casa, la del juzgado, recuerdas?. No puedo faltar.

– Bueno -dije con cierto fastidio-, pues ya será otro día, no?

– Claro, otro día.

Levantó un mano como señal de despedida y se perdió entre la gente que pasaba por la calle. Yo me quedé embobado mirando hacia donde se había ido.

Tras un rato prudencial, subí a a mi despacho y me dejé caer en el sillón. ¿Me estaría enamorando de Mónica? Bueno, un poco si, tuve que admitir. Era guapa, simpática, atractiva, pero, si llegabamos a más, ¿sería capaz de olvidar que había sido un hombre?

Me tuve que poner a resolver otros asuntos para que mi mente dejase de dar vueltas a algo que, a priori, no tenía solución.

Ese mismo día, a las 11 de la noche recibí una llamada. Era Mónica.

– Que hija de puta! -dijo medio sollozando.

– Espera! -contesté alarmado-, que pasa?

– Mi tía. Lo que quería era convencerme de que renunciase a mi parte a cambio de una miseria de dinero que me iba a dar. Como la he dicho que no, se ha puesto a insultarme.

Mónica siguió por un momento hablando y desahogándose mientras yo la escuchaba. Al tiempo yo iba esbozando una mueca de sonrisa y Mónica lo percibió.

– Que pasa? Te hace gracia?

– No, mujer! Lo que ocurre es que tu tía, sin quererlo, nos ha ayudado. Y mucho.

– Que?? Como es eso?

– Recuerdas cuando te abrazó a la salida de la sala del juzgado?

– Si, pero que tiene que ver?

– En ese momento pasó el juez por allí, y se quedó mirando. Creo que interpretó que no fuiste tú la que dejaste la familia sino al contrario. Es decir, las principales alegaciones de tus hermanos se fueron a la mierda.

– En serio???

– Creo que si. Nada en esto es definitivo, claro pero…

– Que bueno!!! -me interrumpió Mónica-. ¿Aún te apetece quedar a cenar? Si no es tarde, claro. Esto hay que celebrarlo.

– Ya he cenado, pero no voy a rechazarte una cerveza -contesté.

Quedamos para media hora mas tarde en una cervecería cercana a mi oficina, que por si no lo había contado, tambien es mi casa. Es lo que tiene no ganar mucho dinero. Me arreglé de modo informal y a la hora indicada estaba allí. Mónica llegó unos minutos tarde, pero valió la pena. Estaba preciosa aún con la misma ropa que había llevado por la mañana al juzgado.

Nos dimos dos besos en las mejillas y esta vez si que rozamos las comisuras de los labios. Fue como un momento mágico ya que ambos quedamos paralizados por unos segundos.

Charlamos animosamente y cuando el local se estaba quedando casi vacío, viendo que era más de la una de la madrugada decidimos irnos.

Al despedirnos, nuestras caras quedaban muy cerca y en vez de los besos en la mejilla le di uno en los labios. Mónica se sorprendió bastante de mi gesto y aunque no rechazó el beso, quedó quieta. Cuando me separé un poco dijo:

– Me ha pillado por sorpresa. Yo pensé que, bueno, ya sabes… yo…

– Si, es cierto. Perdóname. Dónde tendría la cabeza. Lo siento.

Recordé (por que ella me lo había recordado) su condición. Pero eso no fue lo que inconscientemente me impidió seguir besándola. A mi mismo me decía que eso, con una clienta, no es apropiado, aunque en mi fuero interno deseara besarla.

Nos despedimos con un apretón de manos quedando en estar en contacto cuando saliese la sentencia.

Semana y media más tarde recibí una notificación del juzgado en la que decía que el Juez había dictado sentencia. Por si fuera desfavorable no creí oportuno avisar a Mónica y me personé yo solo.

La sentencia no sólo era favorable, sino que además de asignar a Mónica un tercio del total de la herencia, obligaba a compensarla por el despido improcedente del que fue objeto. El total ascendía a algo más de 3.3 millones de euros.

Joder!!! Y yo iba a cobrar un 2% de eso, según tenía firmado con Mónica. 60.000 Euros ganados en poco mas de dos meses.

Inmediatamente llamé a Mónica y en vez de decirla por teléfono la sentencia quedé con ella en mi despacho en una hora aproximadamente, sobre las 12 de la mañana.

A la hora estaba allí. Entró a mi despacho más distante que otras veces, quizás por que entendía que tras el beso que la di y al no continuar yo sentía cierto rechazo hacia ella. Mi gesto era serio y profesional, ya que suponía que la noticia la iba a impactar, por lo que prefería soltarla poco a poco.

– A ver, Mónica, siéntate.

– Que es lo que pasa? No hay buenas noticias?

– Al contrario. El juez nos ha dado la razón.

– Bieeeeen! -gritó Mónica- Gracias!!!

– Aún hay mas… -dije con semblante serio-. No solo te ha concedido el tercio de la legítima sino un tercio del total.

Los ojos de Mónica parecían salirse de las órbitas. Estaba atónita con las noticias y no atinaba a articular palabra, por lo que yo continué hablando.

– Además, el juez te concede 100.000 euros en concepto de despido improcedente ya que fué por discriminación por motivo de sexo.

– En total, creo, son algo mas de 3 millones -dije.

Mónica hacía aspavientos con las mano y seguía sin poder hablar. De un impulso se levantó de su silla y se lanzó contra mi para darme un abrazo. Con su cara en mi hombro comenzó a sollozar de felicidad y a decir en voz muy baja «gracias, gracias, gracias…» al tiempo que con su mano acariciaba mi nuca. Yo, que estaba notando el empuje de sus tetas contra mi cuerpo, no me pude resistir más y apartando un poco su cabeza la di un enorme beso en los labios y segundos después nuestras lenguas se entrelazaban.

Ese húmedo beso se prolongó por más de 5 minutos, en los que dimos rienda suelta a las tensiones acumuladas de estos días y durante los cuales mis manos se pasearon por su pecho, espalda y trasero impúnemente. Ella también hizo algo similar, sin querer llegar a mi pene, ya que no sabía, supongo, si eso sería una barrera para mi.

– Es fantástico -dije tras terminar el beso y separar nuestras bocas.

– Si, por fin saldré de ser pobre. Te compensaré con creces. No sabes lo agradecida que te estoy -contestó.

– Mónica. -dije con la cara un poco mas sería- Me refería a que es fantástico besarte. Que esto ha sido lo mejor de todos estos días.

La cara de Mónica se iluminó.

– De verdad? De verdad te gusto?

– No sabes cuanto! -dije plenamente convencido.

– Pero… sabes como nací. No te has olvidado, verdad? No quiero que después me rechaces por eso.

– Me importa un carajo como nacieses -dije-. Me encanta estar contigo y me gustas mucho.

Ahora fue ella la que se lanzó a besarme, y esta vez sí, sus manos bajaron a mi paquete sobándolo mientras su lengua pugnaba por entrar en mi boca. Tras dos minutos sus labios llegaron a mi cuello al tiempo que con sus manos me iba quitando el cinturón y bajando la bragueta. Al bajar el slip mi pene saltó enhiesto sintiéndose libre ya que llevaba un rato completamente erecto.

Mónica se fue agachando hasta llegar con su lengua a rozar mi glande. Poco a poco su lengua iba saboreandolo por completo hasta que sus labios lo envolvieron.

Muy despacio mi polla iba perdiéndose entre sus labios al tiempo que su lengua jugueteaba con lo que ya tenía dentro. Por fín se enterró por completo en su boca.

Comenzó a moverse atrás y alante mientras, en cuclillas, se amarraba con sus manos a mi trasero. El movimiento era delicioso y me estaba enloqueciendo. La cogí de su cabeza más para acompañar sus movimientos que para guiarlos, ya que ella estaba imprimiendo un ritmo cada vez más intenso. Sin duda me estaban dando la mejor mamada de mi vida.

Recostado, como estaba, sobre la mesa tuve que echar las manos atrás y apollarme en ella para no caer.

– Mónica, cariño, creo que me voy a correr si sigues así -la dije.

Como respuesta obtuve una mayor intensidad en su mamada. Parecía que quería absorberme. Así pués, poco más aguanté.

– Me corro! me voy a correr! -dije avisándola, ya que nunca se habían querido comer mi corridas.

Mónica se agarró fuerte a mí para precipitar mi corrida y comérsela por completo. Con varios espasmos solté en su boca una corrida de las más largas que recordaba. Ella no dejó salir ni una sola gota de la misma.

Cuando ya estaba resoplando por la corrida se levantó frente a mí y me dió un beso. Pude probar el sabor de mi propio semen. Quizás en ese momento tuve algún reparo pero continué besándola y acostumbrándome a mi propio sabor.

– Sabes? -me dijo con voz muy mimosa- Creo que estoy un poco enamorada de ti.

– Eso es mutuo… me gustas mucho, Mónica.

Poco a poco me fué soltando la corbata y quitándome la camisa. Ella, que aún seguía vestida, se despojó de su pantalón y de su camiseta. Aparte de un físico prodigioso, su ropa interior, roja y de encaje, la hacía terriblemente sexy.

Diciéndola que fuéramos a un sitio mejor abrí la puerta que separaba la parte de la casa que hacía de despacho a la parte que hacía el papel de mi vivienda. Nos dirigimos a mi habitación y caímos entre besos en la cama. Con una mirada terríblemente sexy se despojó del sujetador, quedando a mi vista dos preciosas tetas que desafiaban a la gravedad.

Sin pausa, me lancé a besarlas. El aroma de su cuerpo era excitante al máximo y yo ya estaba otra vez empalmado de nuevo. Mientras mis labios apretaban sus pezones y mi lengua los chupaba, ella me masturbaba con la mano.

Eché una mirada a su braguita preguntándome que era lo que escondía, ya que aún no lo sabía. Por mi mente pasaron ráfagas de rechazo si hubiera un pene, pero el deseo que sentía por Mónica era superior.

– Quítate la braguita -la dije.

– Por favor -dijo suplicándome-. Antes déjame disfrutar un poco más de tus besos. Podrías rechazarme y me aterra.

– Mónica -la dije con un semblante lo suficientemente serio como para que entendiera que lo que decía lo hacía en serio-, no te voy a rechazar. Me gustas tú, tengas lo que tengas ahí, que por cierto, no lo sé.

Muy lentamente, como temiendo mi reacción, fue despojándose de la braguita. Al mover la pierna para sacarla por el pié de entre las piernas vi como surgía un pene tan enhiesto como el mío y muy parecido en cuanto a tamaño, unos 18 centímetros. Se quedó quieta a la espera de mi reacción, y la hice esperar, ya que me quedé mirando su polla, más por curiosidad que por otra cosa. No voy a negar que una vocetita en mí me decía que reaccionase, que eso era un polla y no un coño, pero otra vocecilla decía que eso era Mónica, que lo cogiese y la hiciera disfrutar. Creo que de antemano la batalla estaba decidida.

Alargue mi mano y con mis dedos acaricié su polla. Era muy suave al tacto. Poco a poco mis dedos fueron haciéndose con su perímetro al tiempo que Mónica dejaba de mirarme fijamente para cerrar los ojos y estremecerse con mis tímidas caricias.

Tener su miembro palpitando en mi mano, si bien era una sensación nueva, no me resultó desagradable. Notár como mis gestos y movimientos tenían un reflejo en los gemidos de Mónica hacía que desease cada vez más acariciarla su polla. Me decía a mí mismo que sí, estaba cogiendo una polla y lo estaba disfrutando, es más, lo estaba deseando.

Pasado un rato ya no eran caricias sino una descarada masturbación acompañada por los gemidos de Mónica. Su cara, con los ojos cerrados por el placer y la boca abierta gimiendo, era sencillamente preciosa.

Por mi mente pasó la idea de hacerla lo mismo que ella me había hecho a mí. Por experiencia propia sabía que es algo muy placentero. No hubo ni el más mínimo pensamiento de repulsión ante la idea de besarla en la polla, aunque lo hubiera rechazado de haber surgido.

Muy lentamente fui agachándome hasta tener a escasos centímetros de mi boca su glande rosado y ya húmedo de líquidos preseminales. Alargué la lengua hasta tocar su glande.

No. No había pasado nada. No se había acabado el mundo. Mi lengua estaba en su polla y nada había cambiado. Se despejaron justo en este momento todos mis prejuicios. Ya tenía la puerta abierta a disfrutar del cuerpo de Mónica y que ella lo hiciera del mío.

Mis labios comenzaron a abrazar su polla. En ese momento ella fue consciente de lo que estaba haciendo. Abrió sus ojos y supongo que verme así fue lo que, tras dejarse caer atrás la cabeza y gemir un poco, la hizo decirme que me quería. Reaccioné comiéndome un poco más de su polla. No me estaba desagradando en absoluto su sabor y sentir que mi lengua la hacía gemir de ese modo me excitaba. Yo también estaba con la polla a 100.

Moví mi cabeza al tiempo que mis manos sobaban sus tetas. Mónica lo único que atinaba a decir eran frases inconclusas que indicaban que se precipitaba a un punto sin retorno. Como ella estaba debajo de mí no pudo apartarse y sólo pudo decir que se corría. A mí, ni me dio tiempo a procesar la frase y antes de darme cuenta comprobé como de su polla brotaba un líquido más caliente y espeso.

Al igual que ella había hecho un rato antes, traté de aguantar en mi boca su corrida y tragármelo pero nada más soltar el último trallazo tiró de mi para de nuevo fundirnos en un beso. Con su lengua trataba de rescatar los últimos restos de su semen. Mis manos recorrían su cuerpo, todo su cuerpo, acariciándolo y por veces, estrujándolo contra el mío.

– Fóllame, te necesito dentro de mí -me dijo muy suavemente al oído.

Dejé de abrazarla y se situó a cuatro patas sobre la cama y yo tras ella. De su polla, que aún colgaban restos de semen, cogí el fluido necesario para untárselo por su rosado ano a modo de lubricante. Nunca había penetrado el culo de nadie ya que todos mis anteriores intentos habían sido en vano. Y ahí estaba el ano de Mónica ofreciéndose a ser penetrado, deseando serlo.

Apunté mi polla contra él y tras un leve empujón hundí parte de mi glande. Ella apenas se estremeció, aunque sí que lo hizo cuando, tras el segundo empujón todo mi capullo estaba dentro de ella.

– Despacito, ve tranquilo -me dijo tratando de aguantar el dolor.

Hice una pausa y después muy poco a poco iba empujando mi polla al tiempo que su ano la recibía sin que, aparentemente, le causara dolor alguno. Fueron unos minutos los que duró esta maniobra hasta que mi polla estaba por completo dentro de ella.

– Cariño, ya te la he metido entera. Cuando estes preparada comienzo a moverme.

– Siiii, espera un poco, porfa -dijo entre jadeos.

Me agaché y en mis manos cogí sus pechos para masajearlos. Después un masaje en sus pechos noté como comenzaba a mover su trasero. Fue la señal. Me incorporé y con mis manos en su cintura comencé a moverme y a follarla.

Al poco rato que el movimiento era más fluído, notaba como a veces sus músculos trataban de apretar mi polla. Yo estaba en la gloria follándome ese culito tan cerradito y ella… ella gozaba y gemía con cada una de mis embestidas.

Al poco me pidió más caña y empecé a bombear fuerte. Sus gemidos eran auténticos alaridos de placer y yo empezaba también a notar signos de querer correrme.

– Me voy a correr si no frenamos -la dije.

– Nooo, no pares. Lléname con tu leche. Préñame. Diosss, que gusto!

– Si? Pues toma, toma -decía gimiendo con cada empujón.

– Joder!!! Ábreme! párteme en dos!

– Mónica, que me corro yaaaa

– Uau!!! ya lo siento… menéame la polla, mi amor!!!

Mientras me corría la cogía la polla y la masturbé durante unos cuantos segundos que tardó en correrse. Sus espasmos ocasionaban que los músculos de su ano me apretaran la polla. Por más que gimiera yo de placer, sus gemidos tapaban los míos. Estaba disfrutando, eso era evidente.

Se dejó caer sobre la cama y yo fui a caer tras ella, abrazándola, y mis labios llegaron a su cuello dándola sueves besos.

– No sabes lo feliz que me has hecho -me dijo con un tono muy meloso.

– Lo que te mereces. Me encanta tu cuerpo. Me gustas toda tú.

– Sabes? Tras el primer día que vine a tu despacho soñe con estar así como estamos. Jamás me imaginé que ese sueño se haría realidad.

Yo quedé callado. Era evidente que yo no soñé eso, más bien al contrario. Tenía que decir algo…

– Yo a partir de hoy soñaré estar así -dije a modo de salida.

– Y por qué hay que soñarlo? Podemos vivirlo, que es mejor.

Entre palabras cariñosas quedamos los dos dormidos. Despertamos sobre las 6 de la tarde. Al despertar estábamos muertos de hambre. Nos dimos una ducha (por separado, para no liarnos) y salimos a comer algo, aunque no encontramos ningún sitio decente a esas horas y nos tuvimos que conformar con una hamburguesería.

Ya repuestos, decidimos dar un paseo. En un momento de éste, Mónica se paró frente a mi.

– Te quiero pedir una cosa. Quiero que vivas conmigo. Aún no he cobrado lo que me corresponde, pero una vez lo haga quiero vivir en una casa maravillosa y tenerte a mi lado.

– Vayamos con calma -la dije y pude observar su casa de desasosiego-, aún puede que recurran la sentencia tus hermanos. Además, hasta que se solucione todo puede pasar un tiempo. Claro, que si tú quieres, hasta que se solucione puedes venirte a vivir conmigo.

– De verdad? -dijo feliz casi con lágrimas en los ojos.

– Claro que si.

A los dos días Mónica estaba viviendo en mi casa. A partir de este momento vivimos como una feliz pareja, disfrutando de nuestros cuerpos como jamás había imaginado que se puede hacer… ya supondréis que tardé poco en entregárla mi culo y disfrutar como un loco de su polla.

Poco tiempo después un notario hizo un reparto de la herencia en tres partes. Mónica llevó una documentación de unas cuentas que años atrás ella había administrado en las que estaba el grueso del capital de la familia. Sus hermanos desconocían su existencia y Mónica se preguntaba por qué su padre no se lo había contado. ¿Querría, a pesar de todo, que ese dinero fuera para ella?

El capital a repartir, aparte de varios inmuebles y tierras, no era de 10 millones como los hermanos e incluso yo, pensaban, sino de 36. El ver sus hermanos que lo que iban a recibir no era 5 millones sino 12 hizo que vieran a Damián, o mejor dicho, a Mónica, con otros ojos, si bien ella no les iba a perdonar tan facilmente.

Hoy, años despueś de todo esto, Mónica y yo vivimos en un agradable chalet en una zona residencial. Del piso en el que tenía mi bufete y mi vivienda pasamos a una buena oficina en el paseo de la Castellana y ahora, en vez de ofrecer servicios como un abogado cualquiera, la firma ofrece consultoría a grandes empresas. Mónica, sin duda, es una excelente gestora y una mejor amante.